Me inclino sensible con los ojos fijos en el encuentro.
Es un recodo del Camino y las palabras escapan de mis labios ante el asombro de la espera.
Eterna espera.
¡Tu santa espera!
En el silencio sólo se percibe el latido de mi corazón expectante de Tu Presencia.
Nada, en lo alto, en la hondura, ni en la distancia más ínfima, consigue seducirme o distraer mi anhelo.
Afuera, la brisa es suave, sensible y sedosa. Parece envolver la luz que atraviesa las ventanas de cristal .
La escena es bella. ¡Profundamente bella! Casi irreal…
El imponente Tabernáculo es habitado por Tu Esencia.
¡Lo sé!
Divino Cuerpo.
Luz.
Emmanuel, ¡Tu silencio envuelve cada rincón y todo mi ser!
En ese instante descubro que esa ternura, la Suya (indescriptible) solo se siente…
La distancia, inmensidad cósmica, entre Él y yo, se disipa en un instante cómplice entre la creatura y su Creador.
Aquí, ante un pequeñísimo punto, Tabernáculo celeste, permanezco inocente, como de un niño asombrado, con la cadencia de mis latidos que intuyen Tu mirada…
¡una vez más!…


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