
EL día en el cual, la Fontana de Trevi, se convirtió en un estanque fresco…
Cuaderno de viaje
Día 1: Decidimos caminar las calles de la Ciudad eterna guiándonos por un mapa extendido. Íbamos, munidos con anteojos de ver de cerca, haciendo carambola para agarrar una sombra y chequear, una y cien veces, la dirección del plano, envueltos y apretujados (¿Cómo olvidar ese detalle?), por el gentío ansioso de encontrar la Fontana de Trevi …¡tanto como nosotros!
Recuerdo la última vez que pasé por Roma y la famosa fuente había sido envuelta y permanecía en reparación…
¡Entonces, había, en ello, una excusa para volver!
De aquel primer día he de mencionar que era la hora de la siesta, bajo un sol abrasador, cuando llegue ¡por fin! a la orilla húmeda… ¡En ese momento, solo tenía la esperanza de encontrar un pequeño espacio, desocupado, para aliviar semejante agobio y, de paso, tomar la fotografía, indispensable, para cualquier viajero que se precie!
Sin embargo, en un instante, ¡quedé absorta por los contornos del agua sobre tan suntuosa belleza!… y, pensé: ¿se habrán cumplido los deseos que cada moneda custodia?
Entonces, ¡tuve un súbito deseo de orar!
P/D:
En nuestro viaje hubo momentos íntimos, únicos, especiales…Sin embargo, la complicidad entre la Fontana y yo, dejó de ser un secreto.
¡Allí permanece, quieta, una pequeña moneda, que brilla bajo sol, con mi anhelo escondido!…


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