
…a veces la maleza tiene su propio encanto…
Éste es un recorrido amigable y tenaz como alguien a quien el tiempo y la distancia disipa de la memoria, aunque el amor insista en el reecontrarlo.

Andenes y talleres, hangares y sus vías, vagones tirados por una locomotora desgastada y el traqueteo de los sueños son mosaicos de mi infancia.

¿Y el tope?
Lo recuerdo al final de la vía, justo allí donde el tren debía frenar para quedarse quieto y estacionado hasta la próxima carga...
¡Me le quedaba viendo al que me parecía un gigante impotente, incapaz de huir!!

Aquel ambiente permanecía envuelto en un olor metálico intenso de profunda quietud.

Y en las vísperas el sol desaparecía por el oeste, sumergiéndolo todo en una irreparable cadencia de cuchicheos de grillos y jejenes. Además, cuando le prestaba una diligente atención, podía escuchar el abrumador sonido del silencio…

¡Verdaderamente creo que la maleza tiene su propio encanto!


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