Frente a un árbol despojado de todo ornamento, íntegro en esencia, sin siquiera una hoja y tan quieto sobre aquel camino de rosas… ¡lo ví!
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¡El Camino se desplegaba ante mi como un infinito océano de aroma y pétalos color carmesí, no exento de espinas, aunque adornado de tal belleza que hacía del dolor una entrega y redención!
Aquella imagen era, para mi, ocasión de descanso y contemplación.
Había dejado atrás el camino bifurcado. Ahora, la senda era más angosta, cubierta de ripio más o menos grueso. Carecía de espesura y adorno. Había trechos de desierto absoluto. Sin embargo, aquello me reconfortaba de un modo nuevo.
Cada amanecer traía silencio interior y una brisa natural. Al caer el sol, en cambio había un sutil consuelo, tanto que en la noche más oscura podía dormir bajo las estrellas sin temblor, ni insomnio.
¡El Camino era diferente!
¡Ahora podía, al fin, reconocer el mapa que traía conmigo desde el comienzo!
Me fue posible comprender sus señales y contornos. La quieta línea angosta, que se volvía empinada y de difícil ascenso, me resultaba clara, nítida, especial.
¡Había descubierto en aquello una belleza incomparable!
Entoncés, lo supe y sonreí cómplice…


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