En el atardecer de aquel día perseguía un camino desolado con la vista puesta en una larguísima hilera de focos tibios oscilantes que marcaban el ritmo de mi andar.
Esas luces, esparcidas en la extensa soledad lineal, eran mecidas por la cadencia de una brisa suave, impregnada de un evocador aroma a eucalipto.
Al caer la noche, justo allí, me detuve con el anhelo de la ansiada vista de la primera estrella de la noche.
El paisaje, apenas perceptible, se mantenía envuelto en unas sombras largas y en el distante susurro de cantos en dormición. Había paz en aquello. Me sentía seducida a lo interior, en un estado casi contemplativo.
Entre la penumbra del follaje divisé la primera Estrella de la noche y conseguí correr una punta del telón que escondía aquel cielo realmente inquietante…
Me repetía…
«El Lucero del Alba guiará mis pasos» ¡Es una certeza!
Tenía un largo Camino por delante. ¡Lo sabía bien!
Entonces, recordé la promesa del encuentro: El Lucero del Alba guiará mis pasos. ¡Es una certeza!
Percibí al viento y no rugía, tampoco aullaba, ni produjo un temblor de tierra. No hubo, en aquella noche, un algo especial, circense o decididamente espectacular. Más bien se trataba de una suave brisa, aterciopelada y sutil que expresaba SU decir.
Bajo el manto de la Estrella del Mar, justo allí, en un Camino desolado y lineal me vi tan diminuta como luminosa, envuelta en el amparo y el consuelo de la gratuidad…
Aquel instante sutil, único, pleno de detalles inenarrables convirtió el recodo del Camino, de un largo día cualquiera, en un todo especial.
…Es tarde, la noche negra se ha convertido en un profundo silencio monolítico…
¡Presiento que el alba no tardará en despuntar!…


Deja un comentario