A medida que me acercaba, aún a la distancia, pude reconocer aquel amado resplandor y la penumbra de una vela encendida.
Vi el espacio querido de la casita cálida, aromática, santa…
¡Me sentía exhausta de caminar!
Había recorrido una larguísima senda para llegar hasta el sitio acogedor, íntimo, atesorado.
Entoncés, la espera, en el silencio del Nazareo de subida, tuvo sentido…
Esa poesía del amor incondicional, de la memoria compartida, del silencio inefable, cómplice, íntegro.
¡De Su mirada y la mía!
¡Me sentí conmovida por el aroma de la antigua cocina encendida! Nos envolvía esa cálida y osada penumbra entre ollas gastadas.
¡Inevitable!
¡El Camino tuvo giros inesperados, pero ya lo sabías!
Aun así, de tanto en tanto, en medio del desierto, me era posible contemplar un amenazante atardecer ardido y bello.
¡Al fin y por un instante, aquí pude descansar, sin inquietud, ni prisa!
Sin embargo, el Camino me espera… ¡siempre lo hace!
¡Lo sé!
Es hora de continuar con determinada determinación, pase lo que pase, suceda lo que suceda..
Sólo te pido…
¡Recuérdame!
Así, cuando necesite consuelo al reponer mis fuerzas, un día cualquiera, podré volver a tocar a Tu puerta para descansar sobre Tu pecho una vez más…
En silencio…
¡Una vez más!…


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