De pie, frente a una larguísima hilera de lámparas tibias, mecidas por el viento, comprendo cuanto camino he recorrido…
Estos árboles tupidos, de estilizadas traserias, elevándose hacia el cielo pálido me inquietan.
Por pura fe mantuve el ritmo del Camino que hoy aparece como cierto.
¡Necesito un descanso, un instante…!
La senda que, en otro tiempo, fuera espinosa y desolada, ahora se ve reverdecida…
¿Será que mi mirada trascendió la noche?…
La postal, de preciosas lámparas colgando en línea recta, se disipa hacia el horizonte como un resabio de luciérnagas extintas.
Y la penumbra, de las sombras largas, me seduce desde esta orilla en la que, por fin, puedo exhalar la respiración contenida…
¡Ya no hay nada que temer!
Aquí, inmóvil, orante, casi feliz, espero el asomo de la primera Estrella de la noche.
Y si, vencida por el cansancio, me deslizo en un sueño profundo, será el Lucero del Alba quien me despierte al amanecer.
¡Ante este espectáculo conmovedor y decididamente espiritual sé que mi esfuerzo valió la pena!


Deja un comentario