¡Contuve el aliento, tarde diáfana!
¡Los ojos fijos en el camino, extensísimo e imperecedero, tantas veces recorrido!
Con los años aprendí a tomar nota y boceto de todo su tramo, asombro y penumbra.
Una percepción inesperada me detuvo aquella tarde, como la escucha del distante silbo del Pastor.
Entoncés, salí al camino, el de la calle larga, para inhalar el hondo aroma de eucalipto, descifrar el tiempo de la cosecha, amar el canto de los pájaros y dar unas cuantas zancadas hasta el pozo de agua, único aliento fresco a mitad del camino árido.
…¿cómo imaginar el asombro y la beatitud de aquella imágen?…
De repente, una inusitada claridad quitó el velo que las cubría…
Me sostuve quieta, en muda observancia. Inmóvil. Confusa. Sorprendida. Plena.
¡En silencio asistí al asomo de cierta transparencia de matices luminisos como cristal pulido!…
¡Permanecí muy quieta! (Con el anhelo de atesorar el instante)
¡Había descubierto las raíces transparentes y la osadía de recorrerlas!
El Camino, inocente y leal, esperó por mi. ¡Teníamos una secreta alianza!
Así, el norte, el sur, el este y el oeste se detuvieron, todos juntos y al mismo tiempo, en un ínfimo punto luminoso desde y hacia el cual todo fluia…
Al fin, la noche dispersó la oscuridad por amor al día… (creo)
Y yo volví a un camino que ya no parecía el mismo… ¿Cómo podría?



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